Forzada idea de la soledad

Hamlet / Segismundo

Hamlet / Segismundo
24/11/2018

Imaginaros un encuentro entre el Hamlet de Shakespeare y el Segismundo de Calderón de la Barca. ¿Veis sus similitudes? ¿En qué plano personal podrían estar para llegar a encontrarse? Si no podéis, tranquilos, porqué Pol Forment y Alberto Trejo, con Loredana Volpe, lo han imaginado y, de hecho, han puesto a la práctica su idea con su nueva obra.

El texto nace de la idea del encuentro de estos dos personajes clásicos fuera de sus obras originales para convivir en otro universo donde sus necesidades e ideas sobre la libertad y la relación con los otros se enfrentan entre ellos y con el espectador. Una historia que va evolucionando hasta fundirse con la historia de Pol y Alberto, dos personajes que han perdido aquello que anhelaban y que sienten una soledad y confusión absoluta por su realidad. En medio de todo esto, aparece Ofelia que hará de nexo de los dos personajes, clásicos o no, como motivo y/o detonante de muchos de sus sentimientos.

La idea de la cual parte el texto es muy interesante y convendría para ser una muy buena reflexión filosófica en el escenario sobe qué esperamos de la vida, como esta sucede y el desencanto de no conseguir el ideario que se tenía en una juventud llena de posibilidades. El juego con los personajes de Hamlet y Segismundo, con quien los propios actores dicen sentirse identificados, ayuda a partir de un texto clásico para dar voz a los pensamientos de la sociedad actual. El problema es, sin embargo, la ejecución de esta idea. No acaba de quedar claro ni el camino ni el propósito final de todo aquello que se nos explica. La narración no presenta una estructura clara para el espectador que sobreentiende como está evolucionando la historia/reflexión. Esto hace que, en muchos momentos, se pierda la atención a los personajes y a aquello que están diciendo o haciendo, desconectando muchas veces del hilo narrativo y, por lo tanto, de la obra.

La interpretación de Forment y Trejo es, de la misma manera, desigual a lo largo de la obra. Al principio, su recital de texto clásico se ve forzado y no surge de manera natural en ellos. Aunque, con el paso de la obra esta sobreactuación va desapareciendo, vuelve a surgir en momento claves, volviendo al espectador a una narración impostada y nada natural. Hace falta decir que hay algunos momentos de magia escénica cuando los personajes de Pol y Alberto interactúan entre ellos como dos amigos que ensayan una supuesta obra teatral. Quien destaca más de toda la producción es Núria Llausí que, con una interpretación equilibrada y más natural, consigue conectar con el público.

La puesta en escena, por su parte, juega malas pasadas en ocasiones a la obra y el texto, aunque es muy funcional y efectiva en algunos pasajes.

Así pues, la idea que hace de punto de partida es interesante y podría dar para una interacción reflexiva entre público e intérpretes, pero se pierde en una ejecución desajustada y mal estructurada.

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