Eufòria

Una distopía que finaliza la euforia

Roser Garcia Guasch
Una opinión de Roser Garcia Guasch
29/05/2023

Lara Diaz-Quintanilla, autora residente de la Sala Beckett en la temporada 2020-21, dirige Euforia, el texto resultante de su residencia.

Un grupo de amigos (Ramon Bonvehí, Marta Codina, Mireia Illamola Riubugent, Laura Pau, Bárbara Roig Grifoll y Marc Tarrida Aribau) celebran un cumpleaños y muestran la exagerada ilusión que ponen en la consecución de un objetivo único: el éxito de una cantante, el descubrimiento científico más importante de la historia, la superación de una marca deportiva, el amor eterno, etc.

Para conseguir ese estado de plenitud y felicidad ponen todo su esfuerzo con una autoexigencia exagerada, con la competitividad necesaria para ser más productivos. Esta euforia que acompaña al éxito y la fama debe ser inmediato y conseguir el éxtasis rápidamente. La euforia se va convirtiendo poco a poco en distintos estados de ánimo con el descubrimiento ficcionado del fin del mundo, distopía que ha sido tratada repetidamente por escritores, guionistas y dramaturgos. En Colapso de Jérémy Bernard se presenta el comportamiento humano ante unos acontecimientos incontrolables a los que ha llegado la humanidad por su dejadez, ambición y falta de escrúpulos. Euforia de una forma innovadora, describe los cambios que se van produciendo en los personajes a medida que van viendo que sus ilusiones van desapareciendo por un fenómeno externo incontrolable que podría ser cualquier otro o incluso ellos mismos.

Díaz-Quintanilla ya nos demostró en Herencia abandonada la capacidad de describir las relaciones familiares entre los hijos y los progenitores haciendo un impecable balance de la historia de una familia. Euforia también habla de relaciones entre amigos y la alegría de los logros compartidos.

La teatralización de esta historia es una locura que utiliza vídeos reales de nuestra historia así como cámaras en el escenario a tiempo real que permitiría ver mejor las expresiones faciales si no fuera por las máscaras que se colocan los intérpretes. La utilería es muy exagerada y el caos que se produce no es más que la soledad y pérdida de las ilusiones de los personajes.

Quizás no era necesario crear una distopía para demostrar que los momentos de máxima felicidad siempre son finitos.

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