Es un texto poético de Wolfram Lotz (Hamburgo, 1981) traducido del alemán por Marc Villanueva en el que mantiene una rima no convencional, irregular pero con gran musicalidad. Los conceptos son inconexos, las palabras parecen absurdas y la ironía que flota por encima de nosotros nos hace volar a otra dimensión en la que, como los juegos de niños o las canciones infantiles, se repiten palabras como un mantra que parece que no tengan sentido.
Leonardo V. Granados ha hecho una adaptación de un texto único sin personajes que podía haber sido interpretado de muchas formas. Según él, podría haber sido un monólogo, un dúo, un recitado coral. Lotz deja las manos libres a los adaptadores y directores para que hagan su versión más propia. Granados ha optado por una creación arriesgada con cuatro magníficos intérpretes Guillem Albasanz, Francesc Marginet, Sandra Pujol y Ainoa Roca que comienzan y terminan esta pieza sorprendente, divertida, magnética, como un espectáculo de varietés. Los cuatro van repitiendo frases juntos, la más repetida es «los políticos«. Con movimientos sincopados y al mismo tiempo, se van sucediendo las escenas inconexas con un lenguaje incisivo, brillante y un gran sentido del humor.
Se agradece mucho el valor de los autores, directores e intérpretes jóvenes de dirigir y hacer un teatro atrevido, transgresor, nada convencional y provocar al público emociones y aventuras distintas. Joan Brossa se arriesgaba y nos dejó un legado valiente y de calidad. L’espai Brossa está en esta línea que debemos apoyar.
Hay momentos sublimes como la colonización “de un pueblo inca que se hundió, masacrado por el acero de los españoles, inimaginable dolor” con la plantada de una gran bandera negra, la canción de Paquito Franco que en el original se refería a Adolf Hitler, el momento musical que recuerda al Duetto buffo di due Gatti de Rossini. Para toda esta locura se necesita una perfecta compenetración de la iluminación y escenografía de Quim Algora, un espacio sonoro de Nara is neus y un movimiento muy trabajado por los propios intérpretes.
En forma de escenas cortas pero siempre con el patrón de la repetición, van trabajando la autocrítica, la crítica fácil a los políticos como culpables de todos los males, cuando todos somos sociedad y todos somos políticos. Esa crítica fácil, banal y genérica nos aparta de nuestra responsabilidad como ciudadanos.
Es tal la agilidad del texto, la acertada dirección y la buena interpretación de los actores y actrices que el resultado es sorprendente, hipnótico y divertido.
