Nao Albet y Marcel Borràs lo han vuelto a hacer. Han vuelto a hacer el teatro que a ellos les gustaría ver, con una mezcla de técnicas y elementos que a priori puede asustar pero que después se adecua como un guante a su estilo abigarrado, descarado y sobre todo libre. Y es que la libertad creativa y artística han sido una característica inconfundible desde sus primeros pasos teatrales, allá por el 2007. Ahora unen teatro y ópera con el mundo de los especialistas de cine, como metáfora de un mundo masculinizado y violento. En este mundo caben unos Dioses mitológicos que mueven los hilos de todo, así como una matanza en un instituto o la aparición hacia el final de una especie de superhéroes muy singulares.
Nada es sutil ni delicado en esta nueva pieza de Albet y Borràs. La estridencia y la monumentalidad hacen acto de presencia desde el principio, y quizás a veces restan más que suman a toda la historia de la madre en busca de venganza (la sombra de Kill Bill planea por encima de todo, esto no se puede esconder). Quizás tampoco ayuda que la trama vaya delirando a medida que pasa el rato, hasta llegar a un tramo final alocado y quizás un poco gratuito. Eso sí, no falta la espectacularidad, las peleas, los saltos, la pirotecnia y todo lo que haga falta. Los verdaderos estunmen -especialistas o dobles de riesgo- ponen toda la carne en el asador, con la música de fondo del compositor Fernando Velázquez (El orfanato, Lo imposible, Ocho apellidos vascos, Un monstruo viene a verme) y las filigranas líricas de un buen puñado de cantantes.
Quizás no estamos ante una de las mejores obras de la pareja artística (De Nao Albet y Marcel Borràs puso el listón muy alto), pero sí estamos ante un nuevo desafío creativo. Algunos lo tildarán en broma o de ocurrencia pasada de vueltas, mientras que otros lo catalogarán de genialidad. Saber donde está la frontera entre una cosa y la otra es un tema que tendrá que saber escoger cada espectador…
