Las dinámicas familiares son muy complejas, cada núcleo tiene una relación específica y peculiar. Una historia compartida que tiene sus fantasmas y secretos escondidos y silenciados.
Ferran Utzet crea un espacio singular en escena para esta producción del texto teatral de Jon Fosse sobre la visita inesperada de un hijo en cada de sus padres, un reencuentro que tendrá consecuencias para todas las personas implicadas.
Con una estructura escenográfica muy adecuada y atrevida, un escenario que va girando para dar visibilidad 360 de la escena a todo el público (que está dividido en cuatro gradas) ayuda a que la espectadora pueda ver todas las aristas de la historia, las diferentes posiciones de los personajes y su posicionamiento hacia los otros. Es esta decisión en el montaje uno de los grandes aciertos de la obra, ya que esta movilidad y acceso a todas las caras de la historia acerca al público y lo hace partícipe.
El texto no es complejo en su estructura, pero sí que contiene cierto desconcierto en la idea que exporta de cara a la espectadora. En todo momento se ve el miedo y la inquietud de los padres por la visita del hijo, aunque se comprenden estos sentimientos no queda muy claro cómo se ha llegado a esta situación. Está claro que la falta de comunicación ha sido vital para esta relación, pero no hay ninguna pista que muestre porqué la familia se encuentra en estos términos. Este desconocimiento, sumado a la confusa participación del vecino en este argumento –parece solo un espectador más del desencanto-, hace que la obra no acabe de provocar ninguna conexión con la espectadora y, por lo tanto, se crea una distancia entre la historia y el público que va en detrimento de la producción.
Los personajes, aunque sin mucho contexto, llegan a tener cierta profundidad gracias al trabajo de las interpretaciones. Mercè Pons y Jordi Figueras como padres, son los encargados de preparar el terreno para el drama que tiene que pasar y lo hacen con una tristeza que tiñe sus palabras y sus gestos. La desolación que sienten por devenir de la ciudad y su familia se respira desde el inicio e impregna cada acción que realizan. Guillem Balart es el hijo y sin abrir mucho la boca ni pronunciar muchas palabras, sí que se puede captar su gran pesar y dolor –del cual no llegamos a saber nada-. El vecino, y último en discordia, es interpretado por Sebastián Mogordoy, personaje que provoca una revolución en una casa llena de silencios. Su revuelo y desaguisado dan otra dimensión a la atmosfera de la casa, mientras intenta provocar alguna comunicación real entre las personas que forman la familia.
A pesar de que parte de una idea interesante en la cual adentrarse, al final de la obra la espectadora se queda con la sensación de haber abierto una ventana y no saber exactamente qué ha visto. Ha sido intenso y muy bien mostrado, pero la historia no ha acabado de traspasar el escenario.
