Billy Elliot. El musical: La revolución se hace bailando

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Billy Elliot. El musical → Teatre Victòria
16/10/2021

El teatro Victoria nos brinda la posibilidad de disfrutar de un espectáculo musical de primer orden. Consolidado en las auténticas capitales del género, Billy Elliot El Musical llega a un Paralelo que parece resurgir. Ya llegará el día, esperamos, que las producciones propias y los espectáculos en catalán llenen los escenarios de una avenida bastante maltratada los últimos años. De momento, ver las aceras llenas de espectadores y sentir el eco de las entradas agotadas es ya una gran noticia.

La escenografía es probablemente uno de los aspectos más relevantes del espectáculo. Completa, constantemente cambiante, aporta la atmósfera que cada escena necesita y confirma que se trata de un montaje de altos vuelos. Aparte de este aspecto técnico, destaca la actuación del joven protagonista. El papel se adopta por turnos por cinco diferentes actores, ya que la ley estipula que los menores sólo pueden ofrecer dos funciones a la semana. Por el nivel mostrado en la sesión que disfruté, adivino que los compañeros estarán a un nivel similar, es decir, sublime.

De hecho, el grupo de niños y niñas que participan en el espectáculo son auténticamente increíbles. La calidad de las coreografías y sus intervenciones con papel son acertadas y ágiles. Destacaría, por tierna, acertada y bien resuelta, cuando no era nada fácil, la escena en la que se encuentran en Billy y Michael, su gran amigo, en la habitación de éste. La imaginación que despliega este fragmento es genuina, mágica, y hace que todos queremos con sus protagonistas a realidades de sueño. La profesora, el padre, el hermano y la abuela de Billy están perfectamente interpretados, también, y son el contrapunto adulto que sitúa al espectador en un contexto de revolución y desesperación sociales que sobrevuela de forma permanente y que es por donde gravita el argumento entero. Precisamente este es el punto que, en mi opinión, chirría ligeramente. El pretendido ambiente de una castigada sociedad minera en manos de una política sin escrúpulos aparece constantemente, pero se va por el desagüe cuando algunas escenas presentan un humor más propio de la España de la Ayuso que de la Inglaterra de la Thatcher. Y la interpretación de éstas aún añade leña al fuego. Algo no cuadraba, por el tono, por las risas o por la necesidad de traducir al castellano el lenguaje grosero de la clase trabajadora que protagonizaba ese momento histórico. A pesar de ello, el espectáculo maravilla, porque también habla de otras revoluciones permanentemente vigentes: la de los deseos, los afectos, las emociones, y, en definitiva, de la rotura de unos estereotipos y unos prejuicios de género que aún duelen.

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