Hay algo atractivo en la confesión. En el hecho que alguien nos explique sus secretos, aquellas cosas, pensamientos y momentos que no ha compartido con nadie. Ser testigos de historias que estaban escondidas o que la persona que era la protagonista no había desvelado porque, o no se había atrevido, o no se veía capaz de hacerlo hasta este momento. Estas intimidades compartidas se convierten en una conexión y también funcionan, la mayoría de veces, como un catalizador hacia la aceptación de la propia historia.
En esta obra escrita de manera cuidada, pensada y trabajada, Marcel nos explica su paso de niño a adolescente y a adulto en las relaciones que tiene con la gente de su alrededor. Explica los momentos vividos, las palabras compartidas, pero sobre todo remarca los silencios que no pudo evitar. Aquellos instantes de mudez en qué no pudo ser capaz de compartir sus deseos y sus miedos. Poco a poco, se va desgranando qué quiere explicar al público y el porqué de todo. Es una confesión, pero al mismo tiempo es un relato que puede afectar a la espectadora en sentirse identificada en algunas situaciones expuestas. No quiere decir que se vea una copia de alguna experiencia propia, es más bien que se pueden hacer suyas algunas emociones y reacciones ante unos momentos de duda o pérdida del camino.
El texto de Cesc Colomina es precioso y atrapa al público, lo convierte en cómplice en este formato monólogo-charla-confesión directa de tú a tú. La espectadora es la confidente y la amiga, aquella persona que escuchará y no juzgará, y esta certeza hace que el relato sea honesto, verídico y emocionante.
Roc Bernadí hace magia con este personaje. Su mirada transmite confianza y también miedo por exponerse de esta manera. Al inicio la conexión con la platea es evidente, arranca sonrisas y traslada al público a su lado. Su facilidad para mostrarse desnudo emocionalmente, transparente y abierto a todo lo que está a punto de explicar se capta desde el primer instante. Y es así hasta el final. Hay algunos momentos en qué la ansiedad y la tristeza lo envuelven y cada parte de su cuerpo lo transmite impecablemente. Es Marcel, pero podría ser Roc y no se sabría. Es imposible distinguir donde empieza uno y acaba el otro. Magnífico.
La escenografía es sencilla, pequeños detalles que conforman un marco específico para la historia que tiene que robar el corazón de la espectadora. Aunque el final es un poco abrupto en la narración -diez minutos más de desarrollo de la resolución se hubieran agradecido-, y no es aquello esperado, sí que cierra la conversación unidireccional con una decisión difícil, pero valiente. Y convence.
Una producción pequeña de formato y grande en sensibilidad.
