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Els gossos: El peligro de la felicidad impostada

Els gossos
9/10/2020

“Todos tenemos derecho a hablar y ser escuchados” esta afirmación es el detonante de una crisis familiar tremenda en casa de Laura y Albert durante la comida para celebrar el 40 aniversario de ella. En esta cita culinaria no solo está el matrimonio, sino que también están invitados la Alicia y el Emili, los padres del Albert. Lo que empieza como una celebración normal, pronto se transformará en una gran discusión donde todos dirán por qué no son felices o qué les gustaría cambiar en sus vidas.

Una conversación cotidiana aguanta la situación justo antes de soplar las velas de cumpleaños. Mientras el Emili recuerda cada uno de los perros que ha tenido y como se comportaban, Alicia lo soporta bebiendo vino y whisky, Albert asiente a cada recuerdo de su padre y Laura, apartada sentada en el sofá, está físicamente, pero su mente está en otro sitio. En pocos minutos nos damos cuenta que el principal problema que tiene esta familia es que todos hablan, pero ninguno de ellos escucha al resto. Alrededor de esta premisa girará todo.

El texto, frenético y muy bien entramado, va exasperando al público e incomodándolo con ciertas actitudes que reconoce como propias. La necesidad de llenar el silencio con cualquier palabra o la falta de valor para decir cómo se siente cada personaje para no hacer daño al resto se nos muestra como un espejo de nuestra vida. Hace reflexionar sobre ciertos momentos o actitudes, adoptadas socialmente, pero que tienen que erradicarse o modificarse para poder ser más felices.

Con una puesta en escena sencilla y funcional, el texto llega a su versión más óptima gracias a las actuaciones de los intérpretes de cada personaje. Mercè Aránega como Alicia está excelsa, como siempre, aunque queda corto su papel, podría haber habido más mala leche o más explosión (¡sí, aún más!). Albert Pérez increíble, pero al Emili se le acaba odiando de una manera intensa, pero el objetivo del texto es que exaspere… i lo consigue. Joan Negrié muestra a un Albert que evoluciona a lo largo de la trama, para acabar tirando atrás todo lo conseguido en el último minuto. Un personaje muy humano, interpretado de manera brillante. Sandra Monclús con su interpretación de Laura es quien marca la diferencia en la situación cotidiana y, aunque consigue interpelar al espectador/a, quizás es el personaje que queda más eclipsado. En el texto, pero también en la interpretación.

Divertida, reflexiva, y en ocasiones demasiado intensa, esta obra provoca una reflexión en el público que saldrá del teatro pensando si su vida le hace feliz. Id con precaución.

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