Hay un gran cubo sin paredes en escena. Dentro dos mesas de oficina con sus correspondientes portátiles, una mesa de ping-pong y cuatro intérpretes atrapados en su rutina laboral. El público se ubica alrededor del cubo, pudiendo desplazarse para observar la pieza desde distintos puntos de vista. El verso de Góngora que da título a la pieza es un buen reflejo de un sistema laboral perverso del que somos tanto pastores como pasto. Lo mantenemos en funcionamiento al mismo tiempo que nos devora. Los cuatro intérpretes intercambian sus roles constantemente, ya que la identidad o singularidad de cada uno de ellos es lo que menos importa, todos somos reemplazables, intercambiables, sustituibles. Los personajes son freelancers de la economía digital, alienados […]
Markos Goikolea
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