OPINIÓN

Teatro político, el pleonasmo

Juan Carlos Olivares

En una extensa entrevista publicada en 2015 en Constelaciones. Revista de Teoría Crítica, Juan Mayorga afirmaba que “el teatro es la más política de las artes, y lo es por tres razones: porque se hace en asamblea, porque su autoría es colectiva y porque es el arte de la crítica y la utopía –nos da a examinar lo que hay y lo que podría haber […]. Todo el teatro es político”. Una idea que le acompaña siempre y que plasma en obras como Himmelweg, que se verá en el Teatro Akademia hasta el 15 de enero, una pieza de teatro histórico que desde el horror del holocausto plantea dilemas éticos eternos.

Himmelweg de Juan Mayorga, es una obra dirigida por Raimon Molins protagonizada por Cristina Plaza. Imagen: David Ruano

Para que el teatro sea político no necesita lucir etiquetas de compromiso explícito como el “teatro del oprimido” de Augusto Boal o la narrativa épica de Bertolt Brecht. La calidad política también se encuentra en concepciones tan ligadas a la experiencia sin dogmas como el «teatro de la crueldad» de Antonin Artaud, incluso en la aparente ausencia de contenido ideológico del puro entretenimiento. También la renuncia es un acto político, como la abstención en elecciones. Tampoco está reñido con el humor más feroz, como demostró en su momento Alfred Jarry con Ubu Roi. La obra perfecta para fusionar máxima teatralidad y denuncia. Un título inspirador para cada nueva generación, una brutal sátira que ha vuelto esta temporada al Tantarantana en la adaptación (Ubu rex) de la joven compañía Application Rejected. En esta tradición hay que situar igualmente el reciente debut en la Beckett del periodista y crítico teatral Santi Fondevila como dramaturgo con La gran farsa.

Santiago Fondevila propone un ejercicio metateatral que dirige Ramon Simó, en la Sala Beckett. Imagen: Roger Velázquez

De hecho, podría decirse que en la escena catalana se ha producido en la última década un claro renacimiento de la ironía como principal recurso dramático de un teatro del compromiso. En esta dimensión de la mordacidad como instrumento de agitación se podría reconocer el trabajo de Agnès Mateus y Quim Tarrida (Rebota, rebota y en tu cara explotaPatatas fritas falsas), José y Sus Hermanas des del estreno de Los bancos regalan sandwicheras y chorizos hasta el Concurso de malos talentos, la misma Glòria Ribera y su neocuplé (Parné), Bárbara Mestanza o el Col·lectiu Que no Salga de Aquí (Hermafrodites a cavall o la rebel·lió del desig), los más nuevos Trashèdia AP-7 o las diversas teclas de la sátira que ha tocado Joan Yago con La Calòrica.

‘El gegant del pi’ es una autoficción de la herencia recibida y una reflexión sobre el fascismo creada y protagonizada por Pau Vinyals. Se podrá ver en el Tantarantana. Imagen: Silvia Poch

Desde otra mirada, con otro lenguaje, tono y voluntad transformadora, se sitúa la práctica totalidad de la trayectoria de Carme Portaceli, el sentido crítico de Lali Álvarez Garriga –que ha convertido su Ragazzo en un pequeño clásico–, los proyectos artísticos de Les Impuxibles i Marta Galán; las dramaturgias de Josep Julién (Bonobo), Pau Vinyals (El gegant del pi), Silvia Albert Sopale (No es país para negras)Denise Duncan (Tituba. Bruixa, negra i ramera). Sin olvidar a Carla Rovira Pitarch, presente en todos los frentes reivindicativos desde Màtria hasta el recién estrenado Exit through the gift shop. YJuana Dolores. La actitud erigida en acción política.

Bárbara Mestanza propone ‘Sucia’, que habla del abuso poniendo el foco en la víctima y en la sociedad. Imagen: Luz Soria

Que Barcelona se mueve con comodidad en estas coordenadas se percibe también en los títulos visitantes. Una evidencia cuando suman a la cartelera producciones como Assaig sobre la ceguesa, dirigida por Nuno Cardoso y coproducción del TNC o montaje que se verán en el Teatre Lliure como Catalina e a beleza de matar fascistas, de Tiago Rodrigues; Lectura fácil, de Cristina Morales y Alberto San Juan,corresponsable de Celebraré mi muerte; Curva España, de los gallegos Chévere o Oasis de la impunidad, del chileno Marco Layera.

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