Semiramide es una obra en dos actos de Gioacchino Rossini y libreto de Gaetano Rossi basado en una tragedia de Voltaire del año 1748. Rossini la presentó en la Fenice de Venecia en 1823 y tres años después se estrenaba en Barcelona.
Rossini fue un compositor prolífico y tuvo una carrera fulgurante entre 1810 y 1823. Durante esos años compuso 33 óperas. Semiramide, es la última ópera que escribió en Italia. Marchó a París donde escribió pocas óperas más, las más conocidas: Il Viaggio a Reims (1825) y Guillaume Tell (1829).
Es el primer compositor del siglo XIX que convierte la ópera en un sistema estilístico diferente que después Bellini y Donizetti definirán como Bel Canto. Fue el precursor del virtuosismo, el ritmo, el brillo y la forma.
Bajo la batuta de Paolo Arrivabeni hemos tenido la suerte de oír en el Liceu este año esta ópera en versión concierto con todos los actores en el escenario: director, músicos, coro y solistas. Ha sido para mí una experiencia maravillosa. Desde unas trompas iniciales o los primeros compases de la orquesta y en toda la apertura reconocemos a Rossini, el ritmo del Barbero o la alegría de La Cenerentola o La Gazza Ladra.
La reina de Babilonia, Semiramide, ayudada por su amante Assur, asesinó a su marido. Estas historias se repiten en la antigüedad. Agamenón es asesinado por su mujer y su amante y su hija Electra, espera a su hermano Orestes para vengarlos. A Semiramide, llega el hijo, Arsace, el guerrero del que se enamora Semiramide y ésta quiere ponerlo en el trono después de casarse con él. Aquí nos encontramos otra historia conocida. Edipo tal y como habían pronosticado los oráculos, se casa con su madre y tienen cuatro hijos, una de las cuales fue Antígona. El incesto formaba parte de muchas tragedias. Arsace había sido criado por un tío y Semiramide desconocía su existencia. Es una historia que combina la intriga política, el destino trágico con elementos sobrenaturales en los que creían profundamente. Vasilisa Berzhanskaya encarna en Semiramide una soprano lírica de coloratura, muy ovacionada ayer. Arsace fue representado por Franco Fagioli un contratenor argentino que defendió un papel muy exigente. En algún momento ese personaje debía haber sido un castrato y actualmente lo puede cantar un contratenor o una contralto o mezzo. La partitura para Arsace es tremendamente ornamental. Assur es el jefe de la guardia y amante de Semiramide que ayudó a matar al rey Nino, marido de Semiramide. Es Mirco Palazzi un barítono con una gran agilidad vocal. El tenor es Maxim Mironov, representando aquí a un príncipe indio enamorado de la hija de la reina, Azema, una soprano con un papel pequeño en esta ópera. No puede faltar el bajo, Oroe, el sumo sacerdote del templo que transmite las órdenes de los dioses cantado por Antonio Di Matteo. El espectro del rey está defendido por un barítono catalán Marc Pujol.
Todas las arias de todos los solistas tienen una coloratura que llega casi al paroxismo, la ornamentación vocal es increíble. Quizá por eso la popularidad de esta ópera descendió y también porque, según Roger Alier, la música verista eliminó estos recursos de la práctica de la ópera. En todo caso, nosotros no podremos olvidar ninguna de las arias, dúos y cabalettas que se escucharon en el Liceu bajo un silencio reverencial y el atronador aplauso después del final del primer acto con Semiramide, Arsace, Assur, Idreno, Azema, la sombra de Nino, Oroe y todo el coro en pie.
El único aspecto negativo de la representación es que fue una función única. Esperamos poder disfrutarla alguna otra vez.