Esta ópera está basada en la novela de Pierre Augustin Caron Beaumarchais La folle journée o Le Mariage de Figaro escrita en 1778 y que fue paralizada por la censura hasta que con la ayuda de Maria Antonieta se publicó en 1784. El antiguo régimen estaba cayendo y la revolución francesa estaba a la vuelta de la esquina. La obra de Beaumarchais estuvo prohibida en toda Europa y parece que el emperador Joseph II de Austria que quería dar una imagen liberal, autorizó la conversión de la novela de Beaumarchaius a la ópera de W. A. Mozart con el libreto de Lorenzo Da Ponte. Se estrenó en el Burgtheater de Viena el 1 de mayo de 1786.
Es una obra que refleja las tensiones sociales de su tiempo. A través de la comedia y las intrigas de los personajes, la ópera pone en cuestión las diferencias de clase y el poder de la aristocracia. Esta ópera transmite un mensaje de igualdad y justicia social que hoy todavía resuena. Marta Pazos ha hecho un trabajo increíble para recordarnos que en el siglo XVIII el Jus primae noctis (el derecho de pernada) era un derecho aceptado por una sociedad en la que los privilegios de la nobleza llegaban a los lugares más íntimos de las personas.
Basada en la idea de Marta Pazos, Max Glaenzel nos presenta una escenografía clara, simbólica y apropiada tanto a la música como a su contenido. Figaro y Sussana, sirvientes del conde de Almaviva, quieren casarse. El gran telón rojo del escenario del Liceu es substituído por una cortina de color rosa pastel como un anuncio del gran pastel de boda iluminado por Nuno Meira que estará en medio del escenario durante toda la función.
La Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceo dirigida por Giovanni Antonini y el Coro del mismo Teatro dirigido por David-Huy Nguyen Phung encuentran el punto de la musicalidad del siglo XVIII. Se hacía extraño no ver el coro arriba en el escenario ya que en el momento de la boda estaba en el foso y en otra ocasión camuflado bajo disfraces divertidos.
Mozart jugaba con todas las categorías de voces, escribiendo para ellos duetos, tercetos, cuartetos y más. En esta ópera hay un concertante a siete voces al final del segundo acto que es una maravilla. Es curioso que al tenor sólo le dedicara un pequeño papel (Don Basilio).
El vestuario de Agustín Petronio es muy curioso y divertido a modo de hombres y mujeres anuncio con el nombre del personaje escrito.
El aspecto más apreciado de una ópera son las voces y en ésta son especialmente brillantes. A Susana la interpretaba Anna Prohaska experta en ópera barroca, el conde de Almaviva era Samuel Hasselhorn. La condesa de Almaviva era Anett Fritsch que ha dejado enmudecido a todo el público en las primeras notas de: Dove sono. La amable voz de barítono de Alejandro Baliñas haciendo de Figaro se da a conocer ya en el primer acto con la conocida cancioncilla: Se vuol ballare, signor contino.. después con la alegre aria: Non più andrai, farfallone amoroso… Todo el mundo esperaba la tan conocida canción que le dedica Cherubino a la Condesa: Voi che sapete, chè cosa è l’amor.. defendida muy bien por la mezzosoprano argentina Mercedes Gancedo. Aunque con poco papel, Marcellina, interpretada de forma brillante por la catalana Mireia Pintó, es el personaje más revolucionario de la obra aunque no se le reconoce ningún protagonismo.
No puedo dejar de hablar de 10 bailarines que acompañan sutilmente a los cantantes y elaboran unas figuras de extraordinaria belleza. En algún momento parecía una puntilla o un frutero de cerámica con un entrelazado estático y estético muy vistoso. Han tenido un papel importante para dar aún más relieve a la obra.
