Oriol Grau presenta un espectáculo juguetón que atrapa desde el primer momento porque son como aquellos juegos de cuando éramos pequeñas.. “hacemos ver que”…. Juega consigo mismo cuando era pequeño que quería ser cómico de teatro y las dificultades con las que se encontró. Juega con una madre que le impide ser actor y juega a vender el alma al demonio a cambio de conseguir su sueño. Con estas tres patas del título de la obra construye un entramado de situaciones, medio retrato, medio ficción, medio autobiográfico con un hilo argumental que parece desorganizado pero está muy bien trenzado y magistralmente dirigido por Roberto G. Alonso.
Él es el cómico, cantando en fiestas mayores y lo hace para nosotros en esta obra con temas conocidísimos como “Questa piccolissima serenata”. Utilizando unas pantallas laterales hace un repaso de su vida profesional, su participación en los programas de Andreu Buenafuente, en El Terrat, con Toni Soler en Enfermos de Tele y en TV3 con Mònica Tarribas y también en la radio. Divertidísimo es el diálogo-discusión consigo mismo como Palomino.
Él también es la madre a la que engaña para poder hacer de actor. La madre, representante de la sabiduría popular, va incluyendo en su lenguaje cotidiano todos los refranes, dichos y frases de nuestra tradición. Él es también el diablo con quien hace el pacto secreto. El demonio es divertido, irreverente, juguetón y canta con un virtuosismo increíble y afinadísima el aria des bijoux para soprano de coloratura: Ah! Je ris de me voir si belle en ce miroir de Marguerite en la ópera Fausto de Charles Gounod. No se podía olvidar recordar el gran trabajo de construcción que tuvo el diablo haciendo puentes en una noche por todo el territorio catalán.
Roger Conesa Mathioux, músico y actor, no sólo le acompaña en las canciones sino también es partenaire necesario para apoyar muchas de las escenas.
Ambos van modificando unos elementos escenográficos sencillos pero que les dan mucho juego y buenos resultados (Josep Pijuan). Utilizan sombras chinas, interpelación al público, escenarios dentro del escenario, muebles convertibles para representar las diferentes escenas y otros recursos imaginativos.
Todo ello es una mezcla de nostalgia, tristeza y diversión que vale la pena ver.
