Dins del meu melic es una de esas canciones que se te quedan enganchadas a la cabeza y te acompañan durante horas, hasta que otra melodía del mismo musical la sustituye. Este poder de recuerdo resume muy bien el espíritu de El fil invisible, un musical familiar basado en el conocido cuento de Míriam Tirado.
La propuesta parte de una idea tan sencilla como efectiva: un hilo invisible que sale del ombligo y nos une a las personas, animales o cosas que amamos. A partir de este símbolo, la obra aborda con delicadeza temas como la separación, la pérdida o la muerte, pero también celebra el cariño cotidiano, la amistad, el acompañamiento y la imaginación. El resultado es un espectáculo emotivo, accesible y pensado para conectar con distintas edades sin renunciar a cierta profundidad.
Uno de los grandes aciertos es la figura de la narradora, interpretada con solvencia por Beth, que actúa como hilo conductor y, a su vez, asume varios roles a lo largo de la función. Esta estructura permite que la historia avance con fluidez mientras seguimos a cuatro compañeros que viven un día de escuela lleno de juegos, aventuras y descubrimientos. El reparto formado por Alba Serrano, Javi Vélez, Marina Requero y Jan Català destaca por su profesionalidad: interpretan, bailan y cantan con una energía equilibrada y una dicción clara, imprescindible en un montaje familiar.
En el ámbito visual, la escenografía de Joana Martí es especialmente remarcable: vistosa, versátil y llena de detalles, acompaña a la acción con dinamismo y ayuda a sostener el ritmo de la narración, un aspecto clave en teatro dirigido al público infantil. Precisamente, éste es uno de los retos principales del género: mantener la atención de los más pequeños y, al mismo tiempo, ofrecer lecturas que también interpelen a los adultos. La dirección lo resuelve a través de un lenguaje escénico claro y de una construcción por capas, donde cada edad puede encontrar su punto de entrada.
La dramaturgia, firmada por Alícia Serrat, Daniel Anglès y Víctor Arbelo, se beneficia del sello reconocible de Serrat, presente también en el tratamiento musical: canciones agradables, fáciles de seguir y con ese punto memorable que invita a tararearlas al salir del teatro. No es de extrañar, pues, que el montaje haya conectado con el público y se haya consolidado con continuidad de funciones y una respuesta entusiasta.
Como reconocimiento, cabe destacar el Premio Teatre Barcelona concedido a Alícia Serrat por este montaje, así como el galardón al espectáculo, que confirma el impacto de una propuesta que combina emoción, calidad interpretativa y un enfoque familiar bien resuelto.
