Goodbye Europe. Lost words es una obra escrita por Davide Carnevali y dirigida por Alba Collado. Se trata de una comedia posmoderna sobre el declive de cierto orden: económico, cultural, espiritual. Un ritual delirante donde los protagonistas —humanos y no tanto— se libran con fervor al sueño de un rendimiento infinito. Todo aquello que no encaja, desaparece.
Sinopsis
Europa entra en crisis. La palabra pierde su sentido. La empresa, en cambio, prospera.
En un mundo de oficinas desfiguradas y entrevistas eternas, humanos, bestias y objetos se confunden, se transforman o se rinden. Aquí, la naturaleza desobedece sus propias leyes y el lenguaje revela su impotencia para explicar el mundo. Los cuerpos se hacen herramientas. Los ángeles acontecen mano de obra.
Una entrevista de trabajo. Un árbol que sangra. Un aperitivo después del colapso.
Notas de dirección
El apocalipsis que exploramos en este espectáculo no es solo un acontecimiento lejano: es la consecuencia directa del fracaso de un sistema. En nuestra obra, este fracaso se manifiesta a través del lenguaje. Los personajes transforman la realidad y la reducen a un lenguaje económico en el que todo —mujeres, hombres, niños, animales, la naturaleza— queda valorado únicamente por su rendimiento. Incluso aquello que tradicionalmente consideramos ético o espiritual —la fe, la esperanza, la caridad, la revolución o la idea de Dios— se ve reducido a una cuestión de beneficio.
Esta reducción tiene un efecto devastador: provoca el colapso de la realidad, que deja de tener valor por sí misma y solo importa según lo que puede aportar. Los personajes no buscan preservar el mundo tal y como es; quieren mantener el sistema. Las guerras, las crisis y la destrucción, se convierten en oportunidades para aumentar sus ganancias, aunque eso signifique la ruina de la propia humanidad. Ya no es que el verbo se convierta en carne, sino que la carne produce verbos, y estos verbos determinan la manera en que habitamos el mundo.
El apocalipsis es, al fin y al cabo, una manera de concebir el tiempo: no cronológicamente, sino que se trata del fin de los tiempos. Esta pieza se sitúa justo antes de ese final, en el momento en que las personas toman conciencia de su posible finitud e intentan hacer algo. Estamos inmersos en el tiempo del final: no hay futuro, solo marcha atrás. Esta percepción genera una contracción, una deformación de la realidad que hemos querido explorar escénicamente. Hemos buscado maneras de habitar esta temporalidad deformada, de sentirla en el espacio, en los personajes, en la experiencia misma del espectador.
Este espectáculo es, pues, un intento de mirar cara a cara un final que parece acercarse, de sentirlo en la forma, en el ritmo y en la voz de estos hombres, mujeres, animales, árboles y objetos, y de preguntarnos cómo vivir cuando la realidad parece reducida a una fantasía en la que la vida ya no tiene cabida. Es, sobre todo, un intento de volver a lo sagrado antes de que ya no haya redención posible.






