'El Desplume!' en el Antic Teatre: "donde el arte se eterno"

Ruben Garcia

El 18 de enero de 2013 el Antic Teatre -nuestra meca del off-off teatral- cedió su escenario para que Eduardo Gión presentara su documental dedicado al transformista Madame Arthur. Aquella sesión de cine no vino sola. La película, como en la prehistoria de las proyecciones en las barracas del Paral·lel, traía su acompañamiento de varietés en vivo. Una troupe de artistas del music-hall, capitaneada por Gilda Love, con la fama trabajada en los locales de la Barcelona que alguna vez fue canalla. Escenarios borrados literalmente por la piqueta, como la Bodega Bohemia del Carrer de Lancaster. El local «donde el arte es eterno«. La eternidad siempre pierde ante el progreso.

Espectacle a la despareguda Bodega Bohemia de Barcelona. Imatge: Antonio Nodar

La película terminó y las varietés se quedaron. El 19 de enero de 2022, noventa “desplumes” más tarde, el Antic Teatre sigue recogiendo una vez al mes el testigo de los más selectos garitos dedicados a la copla, el cuplé, la revista, el musical o el cancionero de las cabezas de cartel del Olympia de París. De Raquel Meller a Maurice Chevalier, de Sacha Distel a La Bella Dorita, de Sara Montiel a Ethel Merman, de Miguel de Molina a Carmen de Mairena… Pocas cosas han cambiado en estos años. Ya no está Gilda, musa y primera vedette indiscutible de El Desplume!. Se ha retirado, avistando desde sus tacones su centenario.

Gilda Love, durante una de las funciones de ‘El Desplume!’

Sigue incansable desde el primer día Víctor Guerrero, soñando para cada noche un leitmotiv que evoque el glamur de un tipo de espectáculo que en el mejor de los casos -si sobrevive- se ha convertido en reclamo turístico de menú caro y ultra-lujo congelado. Sólo a veces parece resurgir la llama del genio, como la extravagante revue que Thierry Mugler estrenó en el Comèdia de París. Una aventura también finiquitada. En el Antic no hay lujos, pero hay un extremo cariño por los géneros menores y por un elemento imprescindible para que el music-hall se reivindique en el siglo XXI: el contacto íntimo con el público. Y también un recuerdo de clandestinidad y de triunfo contra las adversidades -el I’m still here de Follies– que sirve y comparte con elegancia Guerrero como maestro de ceremonias y chansonnier. Ahora emparejado con Toni Arroyo, cariñosamente reñidos, como Renato y Zazà o Juanito y Dolores.

Tony Arroyo i Víctor Guerrero, durant la funció a l’Antic Teatre

El maquillaje es ahora más discreto, sin ese efecto vintage de un retrato ochentero de Pierrot o Pavlovsky. Ahora sólo se gasta ese exceso en el rostro Joan Collins. Se impone la discreción en tiempos de mascarilla. Austeridad, como el mismo escenario, sólo ligeramente travestido para evocar un cabaré. Seis mesas para el público de confianza. El resto en los bancos corridos de siempre del Antic. Copa de cava para las mesas. Bombones para todos. Y una gran pantalla ocupando el fondo para alimentar con imágenes la vena camp. Nada de telones de lamé o pintados -como rescataba La Cubana en Cómeme el coco negro. El glitter & glam, se concentra en el centelleante vestuario de las artistas de la casa. Negro y rojo, blanco y oro.

Plomes, lluetons i glamour a ‘El Desplume!’

El programa es una sucesión de temas inmarchitables – enla función del noveno aniversario, Fumando espero, Nena, Formidable, Ramon, Mírame– y diálogos picados y picantes. Y como cada noche, Guerrero se reserva la aparición estelar de dos artistas afines al espíritu noctámbulo y farandulero de la sala. Una larga nómina de imprescindibles como Olga Motos, Cristina Stoptres cosas tiene la vida…«), Brigitta Lamour, Lita Claver La Maña, Christine, Mark Diávolo, Raúl Cabanell, Las Hawaii, David Vilches, Pastora Reyes, Adrian Amaya, Israel Samso, Desiré, Katy Estrada, Maruja Garrido o Maria Muñoz.. De vez en cuando irrumpe un ejemplar heterodoxo y renovador del género como Roberto G. Alonso -otro glamuroso irreductible- o Glòria Ribera, joven neocupletista y neofolclórica que con la compañía José y sus hermanas se mueve en la modernidad posdramática y en solitario -como su último espectáculo Parné– en la modernidad revisteril.

Gloria Ribera, en una escena de ‘Parné’

Ojiplático deja al público de El Desplume de enero con su iconoclasta versión de la Santa Espina. «¿De dónde sale esta chica?«: es la pregunta que se extiende como la pólvora entre los parroquianos habituales. Desparpajo, gracejo y descaro revolucionario. Picardía y sororidad. Este estallido trash con aspecto de torera customizada por Paco Clavel no lo esperaban los habituados a los dobles y triples sentidos. Cuando la incorrección política se manifestaba con sólo subirse al escenario. No sé qué harían si entrara Hedwig, del musical Angry Inch, para confirmar que el inconformismo de la frivolidad militante no es cosa de un añorado pasado. No sé qué harían con veinte minutos de revolución molinera del chou mamarracho de Las Glòries Cabareteres. No sé qué harían con el Trópico de Covadonga de Rodrigo Cuevas. O una maratón musical compartida entre Taylor Mac y Asier Exteandia. Quizá sorprenderse y suspirar aliviados por comprobar que el espíritu del cabaré nunca se ha ido, como defiende Víctor Guerrero.

Gilda Love, Brigitta Lamour, Victor Guerrero y Toni Arroyo

La reacción natural de un público tirando a nostálgico. Más de uno fiel seguidor de Guerrero por los variados escenarios que ha pisado en esta ciudad. Que son muchos y casi todos desaparecidos. Todos los que durante décadas afianzaron a Barcelona como centro de las artes parateatrales. Tan incrustado en la personalidad de la ciudad -a pesar de los esfuerzos higienistas de los sucesivos gobiernos democráticos- que incluso los exquisitos Premios FAD le dedicaron una categoría propia durante casi cinco décadas. Llevaban -llevan, aunque entregaron el último en 2017- el nombre del ilustre crítico, periodista y gran cronista de la Barcelona nocturna y cabaretera, Sebastià Gasch. Nacieron en 1976 cuando los bajos fondos artísticos vivieron su momento de esplendor y atractivo contracultural. El breve periodo anarco-libertario -con Ocaña conquistando las Ramblas- que recuperó para la ciudad un mestizaje artístico, cultural, político y social sólo comparable a la vorágine de las primeras décadas del siglo XX. Sisa en la Bodega Bohemia, Fellini en El Molino. Brossa en todas partes. El encanto lumpen retratado por Jean Genet o Josep Maria de Sagarra revivido en su edad de plata en las postrimerías de la dictadura y el inicio de la democracia. Un interregno de libertad que Guerrero vivió a fondo.

Instantánea de una artista en la Bodega Bohemia, antes de su cierre en 1998

La ciudad portuaria que fue pionera en los espectáculos con desnudos integrales o de transformistas, de sexualidad fluida y cuplés dedicados a la cocaína. Un reclamo incluso en su decadencia. Uno de los espectáculos más emotivos dedicado al transformismo y el paso del tiempo de sus decadentes estrellas, Gardenia del belga Alain Platel (un imprescindible de los festivales internacionales), nace precisamente inspirado en el documental Yo soy así que rendía un ultimo homenaje a la Bodega Bohemia y a sus artistas. Una memoria y una expresión artística también reivindicada por Úrsula Tenorio en su reciente proyecto (José y la Barcelona disidente) en el que rescata la figura de su tío José Tenorio que llegó a Barcelona precisamente en esos tiempos en los que Guerrero ejercía omnipresente de maestro de ceremonias de la noche.

Por Juan Carlos Olivares / @22JCO

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